De verano y despedidas

Este verano no ha sido un verano cualquiera. Ha sido el primero con Marco, el primero en cuatro. Ha estado lleno de primeras y últimas veces, y supongo que por eso sentía la necesidad de contaróslo, aunque generalmente no suela publicar este tipo de post tan personales.
Ha sido un verano lleno de momentos bonitos y emocionantes, pero también ha sido agotador, estresante, y bastante desquiciante a veces…
El caso es que reunimos fuerzas y nos fuimos al pueblo, al fresquito, y comimos bollos preñaos y perritos calientes bajo la lluvia, y escuchamos canciones de orquesta y visitamos la casa azul, como siempre, y la casa roja, que ahora está en venta, y de la que sólo me separa un boleto premiado de los Euromillones 😊
Y comimos miles de helados, y nos tiramos a la piscina en pijama, muchas más veces de las que deberíamos, y volvimos a casa con un resfriado de agárrate y no te menees.
Y volví a trabajar, en dos proyectos preciosos que aún están sin terminar, (y a cuyos clientes pido disculpas desde aquí por las interminables esperas 🙏🏻) y que ya os enseñaré cuando estén acabados porque son… Amor
Y acabé por fin la decoración de nuestra casita de alquiler en Madrid, o parte de ella, porque en casa de herrero cuchillo de palo, y el salón sigue sin lámparas, los cuadros ya son más de suelo que de pared, y la mitad de la deco es un batiburrillo de cosas de otras casas.
Y Marco cumplió 4 meses y Matteo 23, y nos acercamos cada vez más a su segundo cumpleaños y al eterno dilema entre tarta de unicornio pinterestiana o medias noches de nocilla y piñatas de los chinos, que para qué nos vamos a engañar son mucho más yo.
Y seguimos avanzando en nuestro camino a la tranquilidad familiar, aguantando trastadas y soñando con dormir.
Y pedimos ayuda, por fin, porque nos dimos cuenta de que no podíamos con todo. Y fue entonces que la casa se empezó a llenar de “tuppers” con comida rica y brazos de ayuda, y se fue vaciando poco a poco de polvo, de montañas de plancha y de llantos de bebé a todas horas
(Un poquito al menos!)
Ah! Y un tal Mohamed tuvo a bien hackearnos el blog justo el día de mi cumpleaños… (Uno ya no sabe qué regalar para ser original) y nos llenó la web de enlaces a películas malas y comentarios desagradables.
Pero justo unos días después, el italiano por fin, recibió la llamada que tanto habíamos esperado, y encontramos trabajo en Madrid.
Y decidimos quedarnos a vivir aquí.
Y vendimos la casa en Milán.
Nuestra casita de techos altos y baños interminables.
 
Y lloramos de la pena, pero mucho más de la alegría, y vaciamos la casa en tiempo récord.
Y nos reímos muchísimo mientras tanto, y descubrí que soy una patrizia encerrada en un cuerpo de plebeya, como dice #obreromolón, porque acumulo tantas cosas que podría decorar con ellas hasta el Duomo de Milán.
Y me di cuenta de que tengo que hacer las paces conmigo misma, como él siempre dice, porque comprar frutas tropicales para decorar centros de mesa que nunca vas a comerte, es de chifladas. Por mucho que vaya a venir a casa un fotógrafo bueniiiísimo y majísimo, y por mucho look tropical bohemio hippy y desenfadado que quieras darle a las fotos 🤣
Y comimos mucho pollo frito de la tienda de abajo, ése cuyo olor me daba tantas nauseas durante mis dos embarazos.
Y tanto sushi que me dieron ganas de llamar al transportista y mandar todos los paquetes a Japón en vez de a Madrid.
Y ojeamos toda mi colección de revistas de interiores, para seleccionar “Sólo algunas, las más importantes… ” como me mandó el italiano. (Aunque en esto último no hayamos tenido mucho éxito y esté segura de que le va a dar un parraque cuando vea las cajas llenas de revistas…)
Y perdimos y encontramos muchas veces las mismas cosas en las mismas cajas, nos peinamos muy poco, y nos duchamos aún menos, (para no ensuciar los cristales, ya sabéis, por las fotos  😂) E hicimos muchas idas y venidas con cojines, con plantas, con sartenes, con ollas y con peluches de colores por en medio de una de las calles más transitadas de todo Milán.
Y todo ello, sin avergonzarnos lo más mínimo.
Y fuimos llevándonos todas nuestras cosas, dejando todo tan vacío, que hasta oíamos el eco entre esas paredes que durante dos años habían sido nuestro nidito de amor.
Y llegué tarde a la firma de la casa, porque no dormí en toda la noche pensando en que era el último día que iba a poder entrar allí. Y me temblaron las piernas al salir del portal, y volví corriendo para hacer una foto más (sólo una, claro) y así estar segura de que no me dejaba ni un poquito de su esencia por fotografiar.
Y finalmente firmamos.
Y lloramos con la entrega de las llaves.
Y también al ver otros niños en la habitación de nuestros niños, y a otros que no éramos nosotros en donde hasta hace poco habíamos estado nosotros.
 Pero luego nos sentimos felices y afortunados por haberlo conseguido. Y por poder empezar de nuevo. Y por avanzar, y soltar lastre. Aunque nuestro lastre haya sido muy bonito y muy precioso y nos haya dado muy buenos momentos y unos baños de espuma épicos.
Aunque si hablamos de baños… No os creeréis que me voy a quedar sin bañera verdad?
Pues… Preparaos porque empezamos de cero! 😜